Es cada vez más frecuente leer en las revistas de política internacional reflexiones respecto de la importancia estratégica de los recursos naturales en cada país para enfrentar el nuevo entorno geopolítico del siglo XXI. La energía, el agua, los minerales críticos y la capacidad de regenerarlos se volvieron indispensables para el funcionamiento apropiado en un entorno de competencia tecnológica, particularmente en el área de la Inteligencia Artificial (IA).
Se sabe que esta última exige un consumo energético más elevado del que ha conocido la humanidad en toda su historia. ¿Qué tan sustentable es esta propuesta o cómo hacer que sea realmente sustentable? De la respuesta a esta pregunta dependerá la definición de la posición que ocupará cada país en el orden internacional contemporáneo.
Parece mentira, puesto que durante años se nos dijo que los recursos naturales eran únicamente el recurso de los países pobres o subdesarrollados. Las grandes potencias ya podían darse el lujo de desentenderse de la naturaleza y simplemente importar los bienes primarios como recursos naturales de otras naciones más pobres. Supuestamente el desarrollo tecnológico y la economía del conocimiento ya no dependerían de los ríos, las minas o los árboles. Eso era propio de economías agrarias, no de países industrializados. Ah, las ironías de la vida.
Si agregamos a lo anterior la necesidad de lidiar con el cambio climático y su impacto directo sobre la disponibilidad de los recursos naturales, nos daremos cuenta de que, aun cuando suene a lugar común, nunca como ahora hemos sido tan dependientes de la naturaleza y sus recursos. La discusión entre recursos renovables y no renovables ha reforzado su trascendencia para ser competitivos económicamente, pero también para construir capacidades armamentistas frente a los ejércitos enemigos. De nuevo, la IA aplicada en la industria de defensa requiere un gran consumo de energía. Energía procedente de los recursos naturales que supuestamente ya eran obsoletos.
Dependencia estructural
Si usted quiere ver un ejemplo de ello piense en la intensa rivalidad entre Estados Unidos y China por el acceso y control a los minerales en Taiwán. Uno hubiera supuesto, debido al discurso circulante durante décadas, que la importancia de una isla perdida en Asia no causaría tales problemas entre las dos superpotencias de nuestro tiempo. Teóricamente cualquiera de los dos países podría producir independientemente lo necesario para su desarrollo en otra parte.
No obstante, hemos caído en la cuenta de que existen recursos absolutamente insustituibles para sobrevivir o no ser destruidos por el enemigo. No obstante, a contracorriente de esta dependencia estructural de los recursos naturales, hemos visto que el discurso dominante del poder en Occidente y en las anteriormente conocidas como democracias desarrolladas se empeña en negar el calentamiento global y las consecuencias del cambio climático.
La naturaleza nos está mandando señales de que no habrá sistema político capaz de sobrevivir, a escala local o internacional, sin establecer una relación armoniosa con el entorno ecológico. Desde luego, en México nada de eso importa, pues ya ganamos cuatro partidos en el torneo de futbol.

