EL PODER NO CAMBIA DE CANAL

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La frase puede parecer menor. Puede presentarse, como se intentó al día siguiente, como una simple opinión. Pero en política las palabras no pesan por su gramática, sino por la investidura de quien las pronuncia. No dice lo mismo un ciudadano en una sobremesa que una presidenta desde el aparato simbólico, presupuestal y comunicativo del Estado.

Ahí está el punto.

La presidenta afirmó públicamente que la gente no debería ver determinado canal. Después matizó que era solo una opinión, no censura, porque no estaba usando instrumentos del Estado para impedir transmisiones. La precisión importa: no es lo mismo una clausura que una declaración, ni una orden administrativa que una frase pronunciada en la arena pública. Pero tampoco conviene minimizar el episodio. En democracia, el lenguaje presidencial nunca es un hecho menor.

La relación entre poder y medios siempre ha sido incómoda. Debe serlo. Los gobiernos gobiernan; los medios observan, preguntan, narran e incomodan. Esa tensión no es una falla del sistema democrático: es una de sus condiciones de salud. Una prensa que nunca incomoda al poder se convierte en boletín. Un poder que no tolera ser incomodado empieza a olvidar sus límites.

Por eso el problema no consiste en que un gobierno responda a un medio. Todo gobierno tiene derecho a aclarar, desmentir y defender su versión. La crítica gubernamental a la prensa puede ser legítima cuando se expresa con argumentos y responsabilidad institucional. El límite aparece cuando el Estado ya no debate contenidos, sino que sugiere a los ciudadanos qué mirar y qué no mirar.

Formas

La democracia liberal no descansa en la expresión de los medios, sino en la desconfianza hacia el poder. Mill defendía la libertad de expresión no porque todas las opiniones fueran verdaderas, sino porque ningún poder debía arrogarse la facultad de decidir cuáles merecen circular. La libertad pública implica aceptar incluso aquello que incomoda, precisamente porque el juicio final corresponde al ciudadano, no al gobernante.

Ese principio se vuelve más delicado cuando quien habla es la jefa del Estado. Weber recordaba que el monopolio legítimo de la coacción no siempre se expresa mediante clausuras o sanciones. A veces adopta formas más sutiles: una señal, una advertencia, una línea discursiva que desciende hacia funcionarios, reguladores, simpatizantes y anunciantes.

Por eso, “solo fue una opinión” no agota el debate. La opinión presidencial nunca es solamente opinión: tiene volumen institucional, capacidad de orientar conductas y potencia para ordenar el clima político. Una frase desde Palacio cae sobre una estructura de poder, sobre una conversación polarizada y sobre un país donde las señales del Ejecutivo suelen leerse como instrucciones por demasiados actores.

Habermas explicó que la esfera pública democrática depende de que circulen razones y desacuerdos sin que una autoridad central administre la conversación. Esa esfera se empobrece cuando el gobierno pretende colocarse como orientador moral del consumo informativo. El Estado puede refutar y controvertir. Lo que no debería hacer es señalar desde el poder qué voces merecen audiencia y cuáles no.

La historia política ofrece advertencias suficientes. Los regímenes que erosionan la libertad de prensa rara vez empiezan con una prohibición explícita. Antes viene la deslegitimación cotidiana; luego, la idea de que ciertos medios conspiran en lugar de informar; después, la normalización de que el poder señale a los indeseables. El proceso tiene una ruta reconocible: primero se degrada la credibilidad del mensajero; después se justifica su aislamiento.

México no necesita recorrer ese camino.

No se trata de volver intocable a nadie. Se trata de un principio más alto que cualquier coyuntura pasajera: el Estado no debe administrar la mirada de los ciudadanos. En una democracia adulta, la gente decide qué canal ve, qué periódico lee, qué portal consulta, a quién cree y cuándo cambia de opinión. Si hay falsedades, que se refuten con documentos. Si hay agravios, que se usen las vías legales. Pero no debería normalizarse que desde la cúspide del Estado se sugiera apagar una señal.

Porque el poder no cambia de canal como cualquier ciudadano. Cuando un ciudadano dice “no lo veas”, expresa una preferencia. Cuando lo dice el Estado, produce una sombra. Y en una democracia, la sombra del poder sobre la prensa nunca debe parecer normal.

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