SUBASTAS

Juan Carlos del Valle, Animalítico IX, óleo sobre tela, 60 x 50 cm

Se habla a menudo acerca del mercado del arte en México como un ecosistema vibrante: ferias de talla internacional, proliferación de galerías, espacios independientes en constante efervescencia y un discurso sobre dinamismo que se repite en muchas notas de prensa. Pero basta rascar un poco para ver que todo aquello, tan colorido en la superficie, está construido sobre terreno movedizo. Hay escasa cultura de coleccionismo –sostenida por unos cuantos nombres habituales y con pocos interesados en sumarse– y un circuito que, más que expandirse, se sostiene en apariencias. Lo que tenemos es una estructura que beneficia a unos cuantos, pero que a la vez interfiere con el desarrollo de un mercado más orgánico, diverso y sostenible. Mientras tanto, aún en el escenario internacional con mercados más favorables, muchas galerías consolidadas están cerrando.

En este contexto se perfila la figura, siempre vilipendiada, de la casa de subastas. Acusadas de devaluar obras, de desestabilizar precios, de traicionar al mercado primario y generar inestabilidad, las subastas funcionan como un villano conveniente. Pero quizá el problema no sea lo que hacen, sino lo que exhiben: una radiografía poco favorecedora del ecosistema artístico. Porque las subastas son plataformas de intermediación que responden al comportamiento real –y a veces indiferente– del mercado. No suelen fijar precios: los revelan. Y eso, en un entorno que prefiere las apariencias o los valores inflados, resulta muy incómodo.

Y es que la transparencia es problemática en el mercado del arte. Las subastas publican catálogos, estimaciones y resultados. Exponen la brecha entre los precios de las galerías y lo que el mercado está realmente dispuesto a pagar. Sacan a la luz la fragilidad de la demanda y en muchas ocasiones, revelan que obras de los mismos artistas representados por galerías se martillan en montos significativamente menores. No destruyen, sino que desmitifican. En un sistema que necesita narrativas de éxito, los datos públicos se convierten en amenaza. Y aunque sus comisiones cargan con la reputación de ser excesivas, suelen estar por debajo de la mayoría de los espacios comerciales.

Pese a las críticas, las casas de subasta cumplen funciones que, nos guste o no, nadie más asume. Es cierto que las grandes subastadoras internacionales han convertido el mercado en espectáculo financiero y mediático, pero el panorama local es distinto. Aquí, las subastas son un pulso más o menos real del mercado y, a menudo, agente de documentación histórica: catalogan, registran, verifican autenticidad y preservan. En un país donde la información sobre arte circula con cuentagotas, son el archivo involuntario de buena parte de nuestro patrimonio artístico.

Además, pueden ser una buena puerta de entrada para nuevos coleccionistas; quizá el único espacio donde alguien puede empezar a comprar con referencias claras y procesos relativamente regulados. Para muchos artistas que no tienen representación, es un escenario posible para ofrecer públicamente su trabajo. Las subastas son, con todas sus imperfecciones, un canal de redistribución; cualquier pieza que hoy se venda en el mercado primario es susceptible de terminar mañana en el secundario. Y aunque su transparencia conlleva riesgos –como la exposición pública de ventas malogradas– también aporta lo que el ecosistema rehúye: información, referencias, puntos de partida.

A pesar de lo anterior, las casas de subastas no están exentas de críticas bien fundadas. Su problema más profundo radica en la avalancha de miles de obras que se ofrecen públicamente –magistrales y piezas menores por igual–, ante las cuales no existe intención curatorial ni construcción de valor; menos aún, interés en acompañar trayectorias o construir carreras. Las subastas pueden ser plataformas frías y transaccionales, donde abundan los avalúos apresurados, la investigación insuficiente y resultados que son, a menudo, un reflejo más del contexto que del objeto. La teatralidad del martillo, la adrenalina de la competencia o el ego del ganador, inflan los precios momentáneamente y, del mismo modo, la saturación del inventario los hunde sin aviso. Las ventas fluctúan y, con frecuencia, carecen de patrones lógicos.

Sin embargo, ninguna plataforma puede sostener lo que los compradores no están dispuestos a respaldar. Señalar a las subastas como responsables de dañar el mercado, es como quejarse del termómetro porque indica fiebre. Los precios devaluados responden a una cultura que celebra la ganga en vez del valor, así como al desinterés colectivo ante el arte. Un mercado sólido no se construye con abrazos en las inauguraciones, sino con un coleccionismo activo y proactivo. Mientras la compra siga siendo esporádica y oportunista, cualquier discurso sobre el dinamismo del mercado no será más que palabrería.

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