En medio de las conversaciones que ha provocado el Mundial escuché una pregunta: ¿qué habría sido de Hugo Sánchez si hubiera nacido en Argentina? O, a la inversa, ¿qué habría sido de Maradona si hubiera sido mexicano? La pregunta va más allá del futbol. Me hizo pensar en otra, acaso más incómoda: ¿qué habría sido de Picasso si hubiera nacido en México? ¿O de Roberto Montenegro, por ejemplo, si hubiera sido francés?
Nos gustaría pensar que el talento termina imponiéndose por sí solo. Que las grandes obras encuentran inevitablemente su lugar en la historia. Pero no siempre ocurre así. El reconocimiento depende de una compleja red de circunstancias: el país en el que se nace, las instituciones que respaldan una obra, los museos que la exhiben, los críticos que la interpretan, los medios que la difunden, el mercado que la valida y el contexto cultural y económico que decide qué merece ser visto. Las obras de arte nunca circulan solas. Hay épocas y lugares que favorecen la aparición de ciertos talentos y otros que dificultan su desarrollo. Basta pensar en la Italia del Renacimiento y su extraordinaria floración de genios, resultado de la coincidencia de una serie de circunstancias irrepetibles.
Pienso en Germán Cueto, quien poco a poco comienza a ocupar el lugar que merece dentro de las colecciones permanentes de algunos museos importantes como el MoMA, exhibido junto a los grandes nombres del arte moderno internacional. Sin embargo, en México sigue siendo un nombre casi desconocido para el gran público. Casos como el suyo obligan a preguntarnos hasta qué punto una obra es vista por lo que es y hasta qué punto por el contexto que la acompaña. Porque, aunque nos gustaría creer que miramos el arte con absoluta libertad, ninguna mirada es completamente inocente.
Tampoco el gusto es tan espontáneo como creemos. Solemos hablar de él como si fuera una decisión estrictamente personal, cuando en realidad está condicionado por la historia, la educación, el contexto, el prestigio, la repetición y el consenso. Aprendemos qué artistas admirar, qué ciudades representan la vanguardia y qué nombres conviene recordar. Muy pocas veces nos preguntamos cuánto de aquello que admiramos responde realmente a una convicción propia y cuánto proviene de una construcción cultural sostenida durante décadas.
Si el gusto también se aprende, entonces no resulta extraño que ciertos lugares terminen ocupando un lugar privilegiado dentro de nuestro imaginario. París, Nueva York o Berlín, por ejemplo, funcionan como sellos de legitimidad artística. Lo mismo ocurre con determinados museos, galerías o ferias. Poco a poco dejamos de mirar solamente la obra para mirar también el contexto que la respalda. El envoltorio termina influyendo en nuestra percepción del contenido. Y quizá esa sea una de las operaciones culturales más eficaces de nuestro tiempo.
Ese fenómeno también se manifiesta cuando un país decide cómo presentarse ante el mundo. Todo gran evento internacional implica una elección: qué mostrar, qué ocultar, qué convertir en símbolo. Por eso resulta interesante recordar el Mundial de México 1986: su identidad visual, sus materiales promocionales e incluso la ceremonia inaugural. No por nostalgia, sino porque expresaban una manera distinta de entender la representación cultural de un país. En aquella época convivían con mayor naturalidad el deporte y el arte. Juan José Arreola comentaba un partido de futbol sin que ello sorprendiera a nadie. La herencia de la Olimpiada Cultural de 1968 seguía presente: existía la convicción de que el arte también formaba parte de la imagen que México proyectaba al mundo. Hoy ese relato parece responder a otra lógica, más cercana a las marcas globales, al entretenimiento y al espectáculo que a la singularidad cultural. Cabe preguntarse entonces qué imagen de México elegimos proyectar en uno de los mayores escaparates del mundo. Y, sobre todo, qué dice esa elección sobre aquello que valoramos.
La historia del arte no está escrita únicamente por las obras más importantes, sino también por las circunstancias que hicieron posible que esas obras fueran vistas, coleccionadas, estudiadas y celebradas. El contexto puede potenciar o eclipsar el talento; y en el mundo actual, a menudo se impone sobre él.
Tal vez por eso convenga desconfiar un poco de nuestros propios entusiasmos, incluso de nuestro propio gusto. Nunca sabremos qué habría sido de Picasso si hubiera nacido en México. Pero podemos preguntarnos si admiramos una obra por lo que verdaderamente encontramos en ella o por todo aquello que la precede y la rodea: su país de origen, el prestigio de sus instituciones, el museo donde cuelga, el mercado que la respalda o el relato que la legitima.

