EL LENGUAJE COMO HOGAR Y FRONTERA EN LENGUA MADRE

“Abre preguntas sobre pertenencia, identidad y memoria”.

Carolina López Møller
Cultura
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Este año la colección juvenil Hilo de Aracne, de Libros UNAM, cumple cinco años y en el marco de aniversario presenta Lengua madre, de la escritora Carolina López Møller.

La obra se sitúa en los márgenes del ensayo, la narrativa y la poesía para explorar cómo el lenguaje configura nuestra identidad y nuestra forma de habitar el mundo.

Lengua madre se construye como un entramado de fragmentos breves que evocan definiciones de diccionario, escenas íntimas y reflexiones que dialogan entre sí. El resultado es un texto que, lejos de ofrecer respuestas cerradas, abre más bien múltiples rutas de pensamiento sobre la relación entre las palabras, la memoria y los afectos.

En entrevista con Vértigo López Møller reconoce que el proyecto tuvo un origen mucho más acotado. “No era mi plan que tardara cinco años escribiéndolo”, explica. La idea inicial era desarrollar un ensayo breve, de apenas cuatro cuartillas, que girara en torno de una frase que surgió de manera casi intuitiva: “el lenguaje es la piel”.

Dicha intuición funcionó como detonante, pero pronto evidenció sus propios límites. La autora intentó en un inicio abordar la idea desde un enfoque más tradicional, cercano al análisis filosófico o lingüístico. Sin embargo, ese camino no le permitió profundizar en lo que realmente le interesaba: la experiencia viva del lenguaje.

“Sentí que tratar de analizarla no me estaba llevando a entenderla más”, señala. Fue entonces cuando decidió modificar la forma del texto y apostar por una estructura fragmentaria que le permitiera pensar desde distintos registros: lo narrativo, lo poético y lo anecdótico.

Ese cambio fue decisivo. El ensayo dejó de ser un texto lineal para convertirse en un sistema de capas donde cada fragmento aporta una perspectiva distinta sobre el mismo núcleo temático. De esta manera, cada fragmento funciona como una entrada que puede leerse de manera autónoma, pero que al mismo tiempo se conecta con los demás.

Al principio de cada capítulo el lector se encuentra con un espacio en blanco entre corchetes. Con las definiciones y anécdotas del texto se descubre la palabra ausente, haciendo así una lectura activa donde el significado se construye de manera progresiva.

Sobre lo anterior, López menciona: “Hay muchos silencios en el libro, mucho espacio en blanco, muchos saltos, porque siento que en esos saltos y en esos espacios pasa realmente la cosa”.

Exploración sensible

Uno de los ejes más potentes de Lengua madre es la relación entre lenguaje y cuerpo. La frase inicial, “el lenguaje es la piel”, no solo funciona como punto de partida sino también como una metáfora que atraviesa todo el libro.

A partir de esta idea la autora explora el lenguaje como algo que es profundamente corporal. Hablar, escuchar, recordar… todas estas acciones están vinculadas con una experiencia, tanto física como emocional.

Esta reflexión se extiende hacia el origen. El libro indaga en la relación con la lengua materna no únicamente como idioma sino además como vínculo afectivo. La voz de la madre aparece como un espacio de pertenencia, pero también de extrañeza.

Para López Møller esta tensión se manifiesta en la coexistencia de varios idiomas: el español, el danés y el inglés. Ella afirma que el español es la lengua que domina, y a pesar de que el danés ocupa un lugar especial, ligado a la figura materna y a una memoria parcial, considera que el inglés es la segunda lengua, pues su conocimiento al respecto es mayor.

Lengua madre parte de una vivencia personal, sí, pero también logra conectar con experiencias colectivas. En México, por ejemplo, muchas personas han crecido en contextos donde una lengua originaria no fue transmitida, generando una relación similar de cercanía y distancia.

Møller reconoce este paralelismo y lo menciona como una de las dimensiones más amplias del libro. La lengua, en este sentido, además de ser un medio de comunicación, es un territorio atravesado por la historia, la migración y las decisiones familiares.

Además, los límites del lenguaje se hacen evidentes más allá de lo distante que nos pueda parecer un idioma extranjero. Se presentan, en primera instancia, con situaciones que no pueden ser completamente expresadas con palabras.

López lo describe de la siguiente forma: “Te das cuenta de lo inaccesible que es para la escritura o para el lenguaje lo que quieres decir pero, por otro lado, logras visualizar más eso que estás escribiendo y también se transforma. Por una parte, el lenguaje no puede dar cuenta de, pero, por otra, al usar el lenguaje eso que quieres mostrar, decir, también cambia”.

Otro tipo de lengua se expresa en el libro a través de las ilustraciones de Aldo Jarillo, las cuales dialogan con el texto y abren nuevas posibilidades de interpretación. La autora menciona que fue un trabajo colaborativo entre ella, la editora del libro (Andrea Fuentes) y el ilustrador.

Al respecto, López agrega: “Aldo eligió los fragmentos que quería ilustrar y pensamos en cómo se podían espejear a lo largo del libro. Y creo que él entendió muy bien el espíritu y el tono de la obra. Fue muy emocionante ver las ilustraciones, ver cómo quedó, me encantó la portada”.

Lengua madre se presenta como una obra que invita a leer más allá de las palabras para rescatar también los silencios, las ausencias y las resonancias que las acompañan. Es un recordatorio de que el lenguaje es una de las herramientas más poderosas para explorar quiénes somos.

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