“Aquí se ha corrido el límite del horror hasta lo inimaginable”, dijo en más de una ocasión Rossana Reguillo (Guadalajara, 1955-2026). Antropóloga de formación, quienes tuvimos la ocasión de tratarla comprobamos y conocimos su vocación no solo para enseñar sino también para hacerlo de una manera clara y sencilla.
Académica del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), dedicó más de 30 años a las revueltas protagonizadas por jóvenes, así como a los procesos por medio de los cuales se ejerce el poder.
A lo largo de su trabajo observó a hombres y mujeres trabajar interconectados con dispositivos y por medio de ellos organizar su toma de las calles y los espacios públicos. Fue entonces cuando pensó en el concepto Insurrección 2.0, mismo que fue objeto de su investigación en el libro Paisajes insurrectos (Ned).
Para Reguillo, a nivel global, los motivos de las protestas se mantienen. Sigue la criminalización de los jóvenes, la falta de oportunidades y la exclusión. El cambio radical está en la forma en que se articulan y en las herramientas con que cuentan para construir sus narrativas. Aquí el desarrollo tecnológico sí juega un papel fundamental.
Reguillo fue de las primeras académicas mexicanas en detectar que con las nuevas tecnologías se descubrieron otras formas de agruparse. Ahora no se necesitan más de unos cuantos minutos para convocar a una manifestación o para posicionar una causa en el terreno digital.
Posición ética
Fundó Signa_Lab, el laboratorio del ITESO que trazó metodologías pioneras para el análisis del comportamiento en redes sociales; era investigadora emérita del Sistema Nacional de Investigadores de México; integraba la Academia Mexicana de Ciencias; fue catedrática de la UNESCO; profesora en la Universidad Autónoma de Barcelona, la Universidad Javeriana y otras instituciones del continente.
Uno de sus colegas y mejores amigos, Néstor García Canclini, escribió con tino sobre ella: “Reguillo construyó una obra que es, al mismo tiempo, un método y una posición ética. Estudió la ciudad, los miedos, las culturas juveniles, la violencia, las redes sociodigitales y la desinformación, siempre desde una pregunta que ella misma formuló con precisión: lo que le interesó siempre, dijo, fue ‘desnudar el poder, perseguirlo donde se muestra’. Lo hizo con rigor conceptual y con el cuerpo expuesto: su trabajo sobre el hostigamiento digital a periodistas le costó semanas de ataques masivos en redes. Nunca retrocedió”.
Todavía poco antes de su muerte y con la editorial Siglo XXI publicó, junto con Alina Peña Iguarán, el título El vuelo de las luciérnagas, donde propone una apuesta contracorriente: aprender a mirar aquello que, aun en la noche más densa, sigue emitiendo luz.Inspirada en los pensamientos de Georges Didi-Huberman, Achille Mbembe, Nelly Richard o Mary Louise Pratt, la autora rastrea las luciérnagas del presente: gestos mínimos de resistencia, prácticas artísticas y comunitarias, luchas colectivas, modos de mirar, escuchar y nombrar que interrumpen el orden de la violencia y abren fisuras en lo dado.A través de un conjunto de ensayos que dialogan con la filosofía política, el arte contemporáneo, la cinematografía y las ciencias sociales, traza una cartografía de resistencias frágiles, pero obstinadas.
Todavía es muy pronto para calcular el vacío que deja Rossana Reguillo, fallecida el pasado 25 de abril. Seguramente extrañaremos más su lucidez el día de mañana, cuando una vez más nos confrontemos con la realidad a veces obtusa de este país y nos surja una voz poderosa y esclarecedora a la que acudir.

