La relación entre México y Estados Unidos nunca ha sido sencilla, pero pocas relaciones internacionales resultan tan inevitables y determinantes para la vida cotidiana de dos naciones. Más de tres mil kilómetros de frontera, millones de cruces legales cada año, cadenas productivas integradas y una agenda que abarca comercio, migración, energía y seguridad convierten la cooperación bilateral en una necesidad estratégica, no en una concesión política.
La 40ª Conferencia Internacional para el Control de Drogas, celebrada en Buenos Aires, Argentina, del 18 al 20 de agosto, ofreció una buena oportunidad para observar esa relación con perspectiva.
El encuentro reunió a delegados de más de 100 países y a cerca de 500 altos mandos de seguridad. Ahí, el titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), Omar García Harfuch, expuso la Estrategia Nacional de Seguridad ante un auditorio internacional; y el administrador de la Administración de Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés), Terrance Cole, lo describió como un socio de confianza y un buen amigo de Estados Unidos.
Más allá de la cortesía diplomática, el gesto tiene contenido sustantivo. Reconocer públicamente a un funcionario mexicano ante representantes de un centenar de países equivale a validar un método de trabajo. Y ese método puede describirse con precisión.
García Harfuch presentó resultados verificables. El promedio diario de homicidios dolosos pasó de 86 al inicio de la administración a 42 en julio de 2026: una reducción de 51%. Los delitos de alto impacto disminuyeron 33%. Desde febrero de 2025, la Operación Frontera Norte acumula más de 17 mil detenidos; 11 mil 400 armas de fuego y dos millones de cartuchos asegurados. 92 objetivos de alto impacto fueron trasladados a Estados Unidos mediante los procedimientos correspondientes.
Principios
También expuso un giro estratégico que merece atención analítica. Durante años el modelo se concentró en capturar liderazgos; cada captura abría espacio a varios sustitutos y la organización se reconstituía. El nuevo enfoque ataca estructuras: redes financieras, cadenas logísticas e infraestructura de producción sintética. Es un cambio menos vistoso y más eficaz, porque los jefes se reemplazan pero las capacidades tardan mucho más en reconstruirse.
Ese giro responde a la naturaleza del adversario. Las organizaciones criminales contemporáneas producen en un país, adquieren precursores en otro, utilizan rutas internacionales, lavan dinero en distintos sistemas financieros y generan violencia en varias naciones simultáneamente.
Como advirtió el propio secretario, comprendieron antes que los Estados las ventajas que ofrecen las fronteras. Frente a ellas, la respuesta más eficaz rara vez es la más estridente: suele ser la menos visible. Inteligencia, intercambio oportuno de información, investigación financiera y coordinación permanente entre instituciones.
México ha planteado con claridad los principios que rigen esa colaboración: responsabilidad compartida, reciprocidad, confianza mutua y pleno respeto a la soberanía nacional. No son fórmulas retóricas. Definen un modelo donde la cooperación fortalece al Estado en lugar de sustituirlo, porque la soberanía también se robustece cuando un país dispone de mejores herramientas para proteger a sus ciudadanos y a su territorio.
Ahora, el desafío siguiente consiste en convertir la cooperación en resultados sostenidos para ambas sociedades: menos violencia, menos drogas, menos armas ilegales y organizaciones criminales con menor capacidad financiera. Buenos Aires mostró que la ruta existe y que efectivamente funciona. Recorrerla con constancia es la tarea que ahora sigue.

