¿Verdad que no parezco una mujer que esté preguntándose, a cada paso, todo esto para qué? No deja de ser asombroso.
Leila Guerriero
Esta soy yo escribiendo una columna inspirada por la columna de otra escritora que leí en un libro (la autora es Leila Guerriero y el texto Máscaras, compilado en Teoría de la gravedad, título publicado por Libros del Asteroide en 2019). Esta soy yo levantándome de la cama. Esta soy yo mirando a mi hija dormir y asombrándome de que esa mujer de 16 años que toca la batería como estrella de rock es la misma bebé que me miró a los ojos en el quirófano segundos después de salir hacia el mundo a través de siete capas de piel y órganos de mi vientre. Esta soy yo abriendo la llave de la regadera. Esta soy yo escuchando extasiada las estrategias de mi hijo de 18 años para alcanzar sus metas, el mismo niño al que yo le enseñé a comer con cubiertos, a lavarse los dientes y a patinar en hielo. Esta soy yo poniéndome rímel en las pestañas. Esta soy yo enamorada de un hombre de voz profunda que me humedece al susurrarme “te amo” en el oído. Esta soy yo preparando unos huevos con jamón. Esta soy yo desvelándome para terminar una tarea de mi segunda licenciatura para conservar el diez de promedio. Esta soy yo lavando los platos y las sartenes del desayuno. Esta soy yo ofreciendo separadores de libros en las ferias con la esperanza de cautivar nuevos lectores. Esta soy yo mirándome al espejo antes de salir de casa. Esta soy yo frustrándome porque alguien levantó todos y cada uno de los títulos en mi stand, leyó las contraportadas, los hojeó y permaneció en las letras por varios minutos y al final se marchó sin siquiera mirarme. Esta soy yo al volante de mi automóvil anaranjado. Esta soy yo cocinando durante ocho horas para dejar el congelador lleno de la comida para mis siguientes 15 días de ausencia. Esta soy yo en un semáforo esperando la luz verde. Esta soy yo sentada frente a mi ventana en el piso 16 contemplando los edificios de la Ciudad de México y preguntándome cómo un lugar tan caótico puede aparentar tanta armonía desde las alturas. Esta soy yo haciendo fila en la oficina de correos. Esta soy yo transcribiendo, frenética, mi novela más reciente en la computadora. Esta soy yo rellenando el cartucho de mi pluma fuente de tinta violeta. Esta soy yo quitándome el brasier al regresar a casa y celebrando el alivio de mi sistema circulatorio. Esta soy yo frente al Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la American Psychiatric Association para hacer un cuadro comparativo entre el Trastorno obsesivo-compulsivo y el Trastorno de la personalidad obsesivo-compulsiva. Esta soy yo flotando “de muertito” en el mar de Acapulco, o de San Pancho, o de Cancún, o de Boca del Río, o del Mar de Cortés. Esta soy yo cambiándole el agua al terrario de Leviatán, nuestra falsa coralillo. Esta soy yo con los brazos levantados en la montaña rusa. Esta soy yo escribiendo un cuento o una novela en la libreta de papel muy blanco y muy liso, mi favorito. Esta soy yo barriendo debajo de la cama. Esta soy yo diseñando la portada de uno de mis libros. Esta soy yo leyendo en voz alta. Esta soy yo haciendo la formación de interiores de otro de mis libros. Esta soy yo en el asiento de un avión con la parte superior de las nubes en las pupilas. Esta soy yo soñando despierta como cuando tenía 15 años. Esta soy yo en la oficina de Derechos de Autor, en la colonia Roma. Esta soy yo apagando la lámpara de noche antes de dormir.
Esta soy yo utilizando cada segundo de mi existencia como si mañana no fuera una certeza. No importa para qué.

