Muchas cosas pueden escribirse sobre la trayectoria del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, pero quisiera concentrarme en su papel como parte del proceso democratizador mexicano.
Sin importar la opinión de críticos y defensores, el personaje de Cuauhtémoc Cárdenas representa el primer candidato presidencial opositor capaz de competirle al tú por tú al PRI. Hoy se dice fácil, pero en la década de 1980 pocos mexicanos estaban dispuestos a plantarle cara al partido oficial, mucho menos quienes solían militar en el PRI.
Cierto que puede mencionarse el rol de Porfirio Muñoz Ledo y el de Ifigenia Martínez, pero el rostro popular de la disidencia priista, el más reconocido por la gente, y quien terminó ostentando la candidatura presidencial de la izquierda en 1988, fue Cuauhtémoc Cárdenas.
Cárdenas, heredero del poderoso simbolismo del apellido ligado a la expropiación petrolera, le disputó al priismo la legitimidad de la representación de los ideales revolucionarios. Además, Cárdenas, por la seriedad, serenidad y austeridad de su imagen pública, difícilmente podía asociarse con un radicalismo antisistémico. Su cuestionamiento ideológico al priismo respondía al disgusto con el giro tecnocrático en el gobierno y, en su perspectiva, el distanciamiento ideológico de las causas populares.
Con posterioridad a las elecciones presidenciales de 1988 y el polémico resultado, Cárdenas encarnó la disposición institucional e institucionalista de la Revolución mexicana. Mientras buena parte de la izquierda exigía irse por la vía extraparlamentaria o incluso recurrir a la violencia, Cárdenas optó por la fundación de un partido político que aglutinase a las izquierdas mexicanas. Así, en plural.
Solo con eso, el ingeniero ya hubiera pasado a la historia. No obstante, su papel no concluyó ahí. Si bien en 1994 y 2000 volvió a ser candidato presidencial de las izquierdas, en 1997 consumó una nueva hazaña al convertirse en el primer jefe de Gobierno capitalino electo en unos comicios.
Honestidad
En su paso por distintas posiciones públicas, no lo acompañó ninguna acusación personal de corrupción ni a él ni a su entorno familiar. Antes, por el contrario, si algo contribuyó a que se le bautizara como “líder moral de la izquierda” fue la virtud de la honestidad. Poco se habla de esto, pero Cárdenas fue también un formador e impulsor de nuevos liderazgos, pues bajo su mentoría se desarrollaron importantes figuras de la izquierda mexicana que llegaron a gobernar distintas entidades de la República.
Cárdenas fue siempre una voz crítica pero sensata de la insensibilidad social de los gobiernos del siglo XXI. Buscó por todos los medios mantener viva la defensa de los sectores populares y la economía de los más pobres. Es recordado también por su elocuente argumentación a favor de una política capaz de asegurar el abasto de energía y petróleo para todos los mexicanos.
Cárdenas tuvo incluso la distinción intelectual de escribir libros que no serán olvidados como sus memorias Sobre mis pasos, y Cárdenas por Cárdenas, la biografía de su padre, el expresidente Lázaro Cárdenas. Hombre de una pieza, enarboló como pocos en la clase política nacional, la agenda democratizadora del periodo conocido como la transición mexicana.
Por eso, el recuerdo de Cuauhtémoc Cárdenas sobrevivirá al recuerdo de las pugnas polarizadoras de nuestro tiempo como un mexicano de primera.















































